Solo pretendo hacerte pensar y, sí, quizás sacarte una sonrisa.

jueves, 15 de mayo de 2014

Double round

Obra

Me gustaba esa niña. Tenía ojos marrones, parecidos a dos puñados de tierra, por mucho que ella ambiciara su parecido con almendras. Aun así era indudable que se encendian cuando estaba feliz, lo podías ver. Jamás la encontré preocupándose por el largo de su pelo, lo dejaba libre para que la gente lo viera, para que el aire jugara con él todo lo que quisiese. Movía sus pequeñas manos al corretear, juntaba las piernas y saltaba, quizás (pienso yo) para motivar ese rubor que aparecía en sus mejillas cuando estaba cansada. Llevaba aquellas sandalias blancas terriblemente manchadas, especialmente en verano, y asomaban sus dedos regordetes entre aquella suciedad. Se ponía la misma chaqueta azul celeste durante todo el año, intentando lavarla lo menos posible. Se sorprendía con las mariquitas que a veces encontraba colgadas de la ropa que quedaba secando en la ventana. Abría mucho los ojos y se asustaba cuando esas motitas rojas brillantes echaban a volar. Tenía manos pequeñas y hábiles, con mal pulso. Lo que más le gustaba de ellas era sentir todo lo que tocaba, se preguntaba si le estarian engañando. ¿Será así?- recorría las paredes de su habitación, palpaba los muros de las calles, dibujaba sobre la piel de sus iguales. Corría, ella pensaba, más rapido que cualquier gota de lluvia. Abría la persiana para dormirse con las estrellas y esperaba la luna todas las noches. Le gustaba amanecer cuando el sol le molestaba en los párpados, “dormir es inútil”- pensaba- “podría pasar todo este tiempo jugando, podría escaparme”. Ocupaba la semana dentro del agua todo lo que podía, sintiéndose una sirena cada día. Ella aún cabía aun en esa bañera, esa diminuta en aquel cuarto de baño de baldosas rojas. Se sentaba en un borde, apagaba la luz y se cepillaba los dientes. Saltaba para pulsar el botón del ascensor. Bailaba toda la música que a sus oídos llegaba, agitaba sus caderas serpenteando, movía su cabeza. Los lunes y los miércoles se vestía de bailarina y, con esas zapatillas rosas con lazos, se lanzaba estirando al máximo sus extremidades a menenearse con otro son. Imitaba el caminar de los animales cuando la profesora no le miraba, se reía y volvía a su sitio. Al salir de aquellas clases entendía lo cerca que estaba de actuar, de llegar a un sueño. Cada vez que entraba conectaba todas sus partículas con las notas que salían de aquellos grandes y negros altavoces. No le pedía a nadie que el verano viniera, él solo se iba acercando al mismo tiempo que su sonrisa se ensanchaba. Le apetecía moldear pensamientos con sus bolas de plastilina, quizás alguna vez lo consiguió, no se, yo veía su esfuerzo transformado en personas, en ciudades, en ciempiés de colores y gatos con orejas puntiagudas. A veces el suelo de su casa se transformaba en enorme rios de lava que ella solo podía sortear saltando butacas y estanterías. Cuando el parquet volvía a su forma original ella cogía tres sillas, colocadas en medio del salón y superpuestas por una manta roja y azul. Se aprovisionaba con libros, peluches y un reloj. Se movilizaba a su fortaleza y comprendía su tarde bajo aquellas endebles paredes. Se transformaba facilmente en todos los personajes de sus libros y abría su imaginación, que le transportaba a parajes maravillosos donde encontraba todo lo que jamás había buscado. A veces los fines de semana se veía transportada a calles terriblemente transitadas con gente que gritaba al unísono y tambores muy grandes. Agarraba los carteles que repartían y a su madre, para no perderse. Repetía lo que aquella gente aullaba. Ella prefería pasar las tardes en el parque. Había un tobogán rojo muy largo y cuatro columpios en los que parecía que podía tocar el cielo. Cuando hacía calor comía helados de sabores desconocidos, pero tan fríos que le congelaban el cerebro. Cuando hacía frío se escondía a los pies de la cama de sus padres. Me gustaba, sí; echaré de menos a la niña que un día fui.




Besos;