Obra
Me gustaba esa niña. Tenía ojos
marrones, parecidos a dos puñados de tierra, por mucho que ella ambiciara su
parecido con almendras. Aun así era indudable que se encendian cuando estaba
feliz, lo podías ver. Jamás la encontré preocupándose por el largo de su pelo,
lo dejaba libre para que la gente lo viera, para que el aire jugara con él todo
lo que quisiese. Movía sus pequeñas manos al corretear, juntaba las piernas y
saltaba, quizás (pienso yo) para motivar ese rubor que aparecía en sus mejillas
cuando estaba cansada. Llevaba aquellas sandalias blancas terriblemente
manchadas, especialmente en verano, y asomaban sus dedos regordetes entre
aquella suciedad. Se ponía la misma chaqueta azul celeste durante todo el año,
intentando lavarla lo menos posible. Se sorprendía con las mariquitas que a
veces encontraba colgadas de la ropa que quedaba secando en la ventana. Abría
mucho los ojos y se asustaba cuando esas motitas rojas brillantes echaban a
volar. Tenía manos pequeñas y hábiles, con mal pulso. Lo que más le gustaba de
ellas era sentir todo lo que tocaba, se preguntaba si le estarian engañando.
¿Será así?- recorría las paredes de su habitación, palpaba los muros de las
calles, dibujaba sobre la piel de sus iguales. Corría, ella pensaba, más rapido
que cualquier gota de lluvia. Abría la persiana para dormirse con las estrellas
y esperaba la luna todas las noches. Le gustaba amanecer cuando el sol le
molestaba en los párpados, “dormir es inútil”- pensaba- “podría pasar todo este
tiempo jugando, podría escaparme”. Ocupaba la semana dentro del agua todo lo
que podía, sintiéndose una sirena cada día. Ella aún cabía aun en esa bañera,
esa diminuta en aquel cuarto de baño de baldosas rojas. Se sentaba en un borde,
apagaba la luz y se cepillaba los dientes. Saltaba para pulsar el botón del
ascensor. Bailaba toda la música que a sus oídos llegaba, agitaba sus caderas
serpenteando, movía su cabeza. Los lunes y los miércoles se vestía de bailarina
y, con esas zapatillas rosas con lazos, se lanzaba estirando al máximo sus extremidades
a menenearse con otro son. Imitaba el caminar de los animales cuando la
profesora no le miraba, se reía y volvía a su sitio. Al salir de aquellas
clases entendía lo cerca que estaba de actuar, de llegar a un sueño. Cada vez
que entraba conectaba todas sus partículas con las notas que salían de aquellos
grandes y negros altavoces. No le pedía a nadie que el verano viniera, él solo
se iba acercando al mismo tiempo que su sonrisa se ensanchaba. Le apetecía
moldear pensamientos con sus bolas de plastilina, quizás alguna vez lo
consiguió, no se, yo veía su esfuerzo transformado en personas, en ciudades, en
ciempiés de colores y gatos con orejas puntiagudas. A veces el suelo de su casa
se transformaba en enorme rios de lava que ella solo podía sortear saltando
butacas y estanterías. Cuando el parquet volvía a su forma original ella cogía
tres sillas, colocadas en medio del salón y superpuestas por una manta roja y
azul. Se aprovisionaba con libros, peluches y un reloj. Se movilizaba a su
fortaleza y comprendía su tarde bajo aquellas endebles paredes. Se transformaba
facilmente en todos los personajes de sus libros y abría su imaginación, que le
transportaba a parajes maravillosos donde encontraba todo lo que jamás había
buscado. A veces los fines de semana se veía transportada a calles
terriblemente transitadas con gente que gritaba al unísono y tambores muy
grandes. Agarraba los carteles que repartían y a su madre, para no perderse.
Repetía lo que aquella gente aullaba. Ella prefería pasar las tardes en el
parque. Había un tobogán rojo muy largo y cuatro columpios en los que parecía
que podía tocar el cielo. Cuando hacía calor comía helados de sabores
desconocidos, pero tan fríos que le congelaban el cerebro. Cuando hacía frío se
escondía a los pies de la cama de sus padres. Me gustaba, sí; echaré de menos a
la niña que un día fui.
Besos;
Con una sonrisa de principio a fin.
ResponderEliminar¡Pues entonces perfecto! :)
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