12-2-2004
Y se encontraba allí, ladeada, como volcando su inexistente contenido, vaciándose sola. Necesitaba un cabo, algo a lo que atarse, como si de un barco amarrado a puerto se tratase. Y, sí, "vaciandose" parecía la definición correcta para saber cómo se sentía, no conseguía ver lo que había en su interior. Parecía inutil el esfuerzo, nisiquiera alcanzaba a darse la vuelta; pura pereza, claro. Lo único que su cansada vista llegaba a ver no era muy prometedor. La resaca azotaba su destruido cuerpo. Cuan relativa era la juventud ella. Tras unos largos segundos consiguió levantarse. El caos reinaba en aquella oscura casa. Se encontraba vestida, sucia. Sus pies se movieron lentamente, quejumbrosos por un pasillo lleno de papel higiénico y botellas de vodka. Un vómito. De nuevo más papel higiénico. Entró en el salón. Una lámpara rota. Pasó a la siguiente habitación. Abrió el armario, y de el sacó una chaqueta. Cambió su camiseta por una de tirantes. El espejo reflejaba una extraña imagen. ¿Qué ser se postraba ante tal espectáculo? Unos pantalones cortos, casi rotos y unas converse. Llegó a la cocina. Cogió un trozo de pizza tendido sobre la encimera. Bebió un sorbo de lo que parecía leche y se movió (de nuevo, un gran logro) hacia el baño. Salpicóse con agua, y se recogió el pelo en un moño. Antes de salir cogió sus llaves y su longboard. Bajó corriendo las escaleras, saludando tercamente a un madrugador vecino que se cruzó en su camino. Por suerte, encontró un metrobús en su bolsillo. Tras un rato esperando, el bus llegó. Escupía un humo negro que intoxicaba la vista. Ante ella, una pequeña niña con su madre. Sonrió (la niña, claro). No comprendía por qué aquella criatura, que parecía rodeada por amor entregaba un pedazo de lo que tenía a través de aquella inocente sonrisa. Se apeó en Gran Vía, a la mitad y dejó que la brisa azotara su cara, suavemente. Su longboard rodó unos metros antes de que ella se subiese. Comenzó a toma velocidad. Se agachó, escondiendo las manos tras la espalda. Esta vez el viento se colaba por su cuerpo con fuerza, intentando dañarla; y, lo conseguía, pues ya no sentía los dedos. Era tan normal. Era especial. Derrapó antes de que el semáforo se pusiese en rojo, evitando un accidente. Tras un no muy largo viaje buscando la velocidad, y ya en la calle Alcalá, pensó en parar. Llegó a la Cibeles, metiéndos en un parque cercano justo a su derecha. Se sentó al tiempo que suspiro inundaba su boca. Reclinó la cabeza. Ahora era el sol el que apuntaba hacia ella. Se relajó. Incluso pudo escuchar el trinar de unos pájaros. Olor a flores....
Little Pepinillo
http://www.youtube.com/watch?v=w8l-9nuXkDo
ResponderEliminar